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El búcaro de barro

Laborando

Laborando

       Llevo varios días en los que laboralmente no paro un instante, pero hoy, además para ser viernes, ha sido agotador. Tenía trabajo atrasado y acumulado de la semana sobre la mesa, pero al terminar la mañana todo sigue igual debido a que no he parado de atender a la gente. En primer lugar un hombre joven que estaba de permiso carcelario y aprovechó para venir a verrme para hacer una consulta.  Luego una joven madre soltera que venía a que la informara de que tiempo necesita para cobrar una ayuda, trabajando como está en un hotel, feliz ella de trabajar, pero con un empresario aprovechado, que total para un par de meses que iba a trabajar tampoco le iba a dar de alta en la Seguridad Social.  Después un hombre cargado de años y fatigas que me inquiría la forma de conseguir un alta médica, lleva casi dos años de baja y teme que pueda perder el trabajo, tuve que convencerle de que cuando uno está enfermo no se puede decidir por sí mismo el que está curado, sino que para eso está el médico. Tras cuatro llamadas de teléfono le logro aclarar a dónde debe dirigirse para comentar su tema con la inspección médica.

Ya terminando la mañana, y tras varias respiraciones profundas, me apareció Emilio. Éste es un hombre encorvado por el peso de las arrugas, manos rugosas de trabajador y manifiesta afición al vino. Visitante asiduo en las últimas semanas se ha visto inmerso en una burocracia que él no entiende muy bien y que hace que le hayan pagado poco más de mil euros indebidamente, deuda que quedará compensada en su totalidad con un pago que debe recibir. El problema es que lo que ha llegado a su casa es una carta con la deuda y nada de la compensación, lo que hizo que apareciera con aroma alcohólico y ojos llorosos. Y el lamento no era tanto por el dinero que en esa carta le comunicaba que debía, sino porque la mujer lo había puesto como los trapos diciéndole que todo aquello era culpa suya y era él el culpable de haber traído aquella ruina asu casa. "Esto me va a costar un divorcio", me decía. Lo consolé como pude y le dije que se viniera el lunes, pero con su mujer y que ya trataría de explicarle a ella, para que no le echara aquellas culpas indebidas. 

Cerré la puerta y me senté en un sillón, intentando que mi corazón se desacelerara y tomara su ritmo normal. Saboreé durante diez minutos el hecho de no hacer nada, mirar al techo y disfrutar del silencio. Pensaba en todos aquellos rostros a los que había atendido durante la mañana, me sabía nombres y apellidos y casi en dni, y repasaba un poco aquellas historias, todas ellas con su punto de tragedia. Y concluía que me gusta mi trabajo, que me permite estar cerca de gente con unas necesidades concretas y hacer algo por ellas. Por un momento pensé, algo así como debe pensar el médico en su consulta, que no me gustaría estar al otro lado de la mesa.

5 comentarios

Isabel -

Son las pequeñas historias de la vida que tienen mucho que enseñarnos aún. Besos.

Areasum -

El estar en "ese lado de la mesa" es una forma de "estar y ser en la vida"... Yo espero que mi mesa sea de dimensiones reducidas...

Una no siempre hace lo que quiere
una no siempre puede…
por eso esta aquí
escribiendo y echándo de menos
siempre… cualquier cosa...

Un saludo

prometeo -

poca gente queda ya asi, una pena pero, al final, queda un funcionario que cree que su mision es cerrada en si misma y que los demas estan a su servicio, als ervicio de quien debe de cobrar a fin de mes olvidado que cobra de todos ¡nosotros.
Un abarzo y sigue asi.

tejedora -

¡¡¡Qué paciencia tienes!!! Es digno en ti.
En el trabajo hay “días y días”. Espero que me entiendas en esto ;)
Aprovecha el fin de semana. Yo lo tengo demasiado atareado.

Un abrazo.

La Dama Blanca -

Menos mal que existe gente como tú, que da todo lo mejor en el trabajo, y sobre todo no termina alienandose ni perdiendo su humanidad.
un saludo