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...en cuanto sus patas se posaron en la arena de la playa, abandonó la proximidad acogedora de las turgentes piernas de su dueña para empezar a corretear de un lado para otro sin rumbo fijo. Parecía que el contacto con la arena lo había convertido en hiperactivo, se lanzaba velozmente en línea recta y, de repente, daba un giro para volver.  La marea estaba baja y aquel cuadrúpedo se introducía en el agua, provocando diminutas olas a su paso y pareciendo, desde lejos, que aquellos movimientos lo hacían flotar sobre las aguas. Entonces fue cuando vio, quieta y, a sus ojos, terriblemente provocativa, a una gaviota que estáticamente posada en la arena empinaba su pico hacia el sol.  Cual si se tratara de una apetitosa presa se dirigió a ella a toda velocidad. Ésta alzó las alas y primero lentamente y después planeando inició  su vuelo mientras que el perrillo, por un instante, pareció ser arrastrado en su estela.  Aquel juego se repitió insistentemente, la gaviota se posaba más allá y, en cuanto tomaba tierra, ya estaba el perrillo intentando atraparla, lo que nunca podía. En el último intento la pata delantera se le dobló y cayó de morros sobre la arena. Pareció lastimarse pues acudió cojeando levemente, ahora despacio, hasta acariciar con su cuerpo los tobillos de gráciles andares de su ama. Ésta se agachó y le acarició el lomo como si estuviera reconviniéndole aquellas locas persecuciones. El perrillo la miró a los ojos y estoy seguro de que si pudiera hablar le hubiera dicho:

-Ha valido la pena. ¿Tú sabes lo que es, aunque sólo durara un instante, ese momento en que yo lograba alzar el vuelo tras la gaviota? ¡Era una sensación única!

     Los dos siguieron andando por la playa con pasos sincrónicos, pero el perrillo de vez en cuando miraba deseoso a la gaviota que como una mancha blanca sobre la arena, cada vez parecía más diminuta.