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       La mañana, armada de un pincel de frío seco, dibuja bajo un cielo límpidamente azul, el ambiente de brillantes colores. Rojo escarlata y verde esmeralda se suceden en las alturas dando órdenes de detención y aceleres a la fila de vehículos que se entrecruzan, milagrosamente, sin chocarse. La temperatura acelera los pasos agitados de madres y niños enbufandados que con ojos sólo medio abiertos se dirigen al colegio. Gestos de adioses, que expresan figuras de pelos revueltos surgen de las mangas de batas desgastadas que asoman a las ventanas.

       Los árboles exhiben ostentosamente sus ramas desnudas mientras a sus pies revolotean hojas secas de podrida belleza que crepitan y crujen al ser pisadas. Un viejo edificio de piedra vieja coronado por una torre parece engullir aquella hilera revoltosa que serpenteando por la plaza desaparece en el interior en una atenuada algarabía. En lo alto de la torre la mirada abstraída de las cigüeñas acompaña los pasos, ahora relajados, de esas madres que se refugian al calor seguro del café y la cómplice compañía.

        En un banco un anciano con la boina calada sobre una frente en láminas, observa como mudo espectador a aquella plaza, ahora, muda y silenciosa.  Los tacones acelerados sobre el suelo indican la proximidad de una joven que llega tarde al trabajo. Su abrigo modela unas líneas que revitalizan, por un instante, aquel lugar. El anciano, al mirarla, se sorprende exclamando a sí mismo:

-¡Ay, quién tuviera cincuenta años menos!