20081213085832-cimg2514.jpg

      Siguiendo los consejos de Prometeo, estuve hace unos días en Madrid visitando dos de las exposiciones colgadas en la Fundación Mapfre de Madrid. La exposición muy interesante y digna de ver, me encantaron especialmente los Sorollas, sin embargo hubo cosas, no sé si porque uno no está acostumbrado a ciertas costumbres capitalinas, que me llamaron la atención.

En primer lugar la cola. Se ve que no era el único que había decidido ir a Madrid en esos días. Cuando me acerqué, bajo el paraguas a la sede de la exposición, vi que una larga cola daba la vuelta a la manzana. Y allí estuve más de media hora intentando evitar mojarme más de la cuenta y dudando de si valía la pena tanto tiempo perdido. Me consolaba ver en la acera de enfrente, otra cola, yo diría que más larga que ésta que iba a ver una exposición de pinturas en el BBBVA. Tras ese rato y goteando agua desde la cazadora hasta el suelo, entramos en el interior.

Nada más entrar había que colocar los paraguas en una especie de paraguero con cuadritos, en los que se introducían los paraguas. Yo preferí recoger el mio y disimularlo que dejarlo allí y entré a ver los cuadros de Degas. Pero nada más entrar a uno de los vigilantes no le gustó mi mochila y me dijo que había que salir a dejarla en una consigna exterior. No entiendo el por qué se puede pasar con un bolso pero no con una mochila ¿qué distingue una cosa de otra? Eso sólo lo pensé no iba a filosofar ahora sobre el tema, así que me llegué a la consigna a dejar la mochila. La introduje dentro, cerré la puerta de la taquilla y no había forma de sacar la llave. La cambié de taquilla y lo mismo, hasta que me di cuenta de que había que introducir un euro para que se pudiera sacar la dichosa llave.

        Me puse a ver los cuadros. Me gustó Degas, en especial el ver al natural aquellos cuadros, de damas en sus arreglos cotidianos, que hacía muchos años había conocido en libros. ¿Por qué en una exposición la gente no habla? El que lo hace, articula palabras entre murmullos, como si en un extraño respeto cohibiera la presencia en aquel lugar. Se acerca un vigilante a la señora que está a mi lado y le dice que su paraguas plegable no puede llevarlo colgado en la muñeca, sino que tiene que hacerlo desaparecer dentro del bolso. 

Busco el ascensor y subimos a la primera planta. Un lío, se abren dos puertas en el ascensor, acierto por la que tengo que salir y veo la exposición de 1900. Me encantan estos cuadros, sobre todo la luz que emana de ellos y esos retratos sosegados que hace de la realidad. La gente sigue sin hablar y en medio de este silencio catedralicio suena mi móvil...Todavía no he podido contestar cuando tengo una vigilante a mi lado, interrumpiendo la conversación antes de empezar, para decirme que allí no se puede hablar con el móvil, sino que tengo que irme junto al ascensor. Intento decirle que no es que yo estuviera llamando a nadie, pero mejor me callo y cuelgo en segundos.

         Me voy de la exposición, ha dejado de llover, contento pero con la convicción de que en estas exposiciones, antes de entrar, deberían dar un manual con todas esas cosas que, aunque se hagan en la vida diaria, no están permitidas en tan peculiares recintos.