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           El amanecer del lunes siempre me semeja un tubo en el que meto la cabeza, con mayor o menor esfuerzo para comenzar la semana. Es el día en que más tiempo cuesta enderezar las piernas una vez que posamos los pies en el suelo. Me parece a mí que no debo ser el único al que le ocurre esto.

            Empiezo la mañana desayunando siempre en el mismo bar, donde la habitualidad hace que, de un día a otro, conserve hasta el asiento. Hojeo el periódico y me hago comentarios silenciosos sobre lo que me parece lo que leo. Algunas noticias o fotos me llaman especialmente la atención. Una de éstas es una foto de las elecciones en el Líbano, en la cola sólo hay mujeres y soldados que vigilan. Pero lo que me sorprende es que el par de mujeres que se ven calzadas con chanclas tienen los pies más grandes que los soldados que los tienen embutidos en botas.

            Una maestra tan joven como hermosa, casi se arrastra por el suelo, compañera ocasional de estas horas, paga su desayuno mientras se queja al dueño de que faltan tres minutos para las nueve y hoy no tiene ninguna gana de empezar las clases y se dedica a dilatar el tiempo todo lo que puede. Al fin sale corriendo por la puerta, mientras se consuela pensando en voz alta, que menos mal que ya faltan pocos días para las vacaciones que si no terminaría en un siquiátrico.

            Cuando ya estoy terminando el periódico entra otro de los parroquianos habituales. Éste, mentalmente, no anda del todo bien y tiene una rara habilidad en destrozar el silencio de la mañana. Habla y no calla en una larga retahíla, sin pies ni cabeza,  de vez en cuando requiere la atención del dueño del bar que, educadamente dice sí, con lo que ya es motivo para que él siga en esa extensa perorata sin final. Salgo del bar dejando que sus palabras sigan abrumando el aire y miro al cielo, azul con algunas nubes blancas...¡vamos a empezar el lunes!