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      El deambular por el mitológico laberinto de Creta se ha convertido en un juego de niños comparado con el circular por donde yo vivo. Debe ser uno de los lugares donde el estado más ha invertido, con motivo de la crisis en obras públicas y, cada día,  nos encontramos que una nueva calle sucumbe al efecto de la piqueta. Ese dinero debe gastarse en un determinado período de tiempo, lo que ocasiona es que todas las obras se realicen al mismo tiempo, afectando de manera importante al devenir cotidiano.

      Cuando salgo de casa a las 7,30 de la mañana, por las distintas calles aún solitarias se observan extraños ejércitos de excavadoras con sus focos encendidos, acompañados de una infantería uniformada de cascos de plásticos y chalecos reflectantes que se van extendiendo por las distintas calles. Se distribuyen en su lugar y empiezan  a destrozar el suelo, hacer socavones, meter tubos, tender cables...atronando el aire con sus ruidos y despertando a los sufridos durmientes que, con motivo de sus vacaciones, pensaban despertarse más tarde.

      Los conductores nativos debemos encontrar, cada día, caminos imaginativamente nuevos , mucho más largos, por calles por las que antes nunca pasábamos  para llegar a nuestros destinos habituales. Los conductores forasteros fiados del gps, observan como éste se vuelve afónico insistiendo que cojan por determinada calle que  descubren que está cortada y repleta de agujeros terrosos. La circulación a pie por dichas calles se hace especialmente compleja, sobre todo si caminas en una silla de rueda o paseando un cochecito de bebé. Los aparcamientos han disminuido apreciablemente.

      Lo único bueno es que estamos desarrollando la virtud de la paciencia hasta extremos inimaginables y esa idea a laaaaaaaaaarguisimo plazo que prometen los políticos que tendremos una ciudad hermosa.