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     La playa casi desierta nos trae en un hálito la próxima nostalgia del otoño. Los colores se atenúan en la paleta del cielo mientras el ruido bullicioso del gentío del verano ha sido sustituido por el graznido intermitente de gaviotas que planean próximas y se posan elegantes, picoteando la arena en búsqueda de comida, sin que nadie les interfiera. Los que pasean, ejercitando sus piernas por la orilla del mar, con cara de que les queda menos de un año para irse de vacaciones, se resisten a separarse del mar, desafiando la caída de las hojas del calendario.

      Una pareja, madre e hija adolescente, resisten sentadas en sendos sillones sobre la arena, envueltas en toallas, para contrarrestar los aires vespertinos de septiembre. Conversan y una ráfaga de aire me trae fragmentos de las palabras experimentadas de la madre:

-Lo que ocurre es que ahora hay una gran confusión, el acostarte con uno no quiere decir que te guste.

     La hija calla, con la mirada perdida hacia más allá de su corazón, y oye esas palabras que de tanto oirlas solo la  rozan levemente. Su mirada queda atrapada por ese cubo de plástico solitario que está junto a la madre y estoy seguro, de que le invade el recuerdo de antiguos veranos y por un instante le  apetecería quitarse el uniforme de mujer y ponerse el de niña en el que su mayor problema en la playa era que el castillo de arena quedara bien hecho.