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         Terminó de atusarse su cabello al espejo en un instante, observándose unas patas de gallo más acentuadas que de costumbre, y se dirigió a la cocina donde Raúl y Beatriz estaban terminando su desayuno. Beatriz se había echado una mancha sobre su blusa inmaculadamente blanca y ella como pudo, nerviosa pero con mimo, la quitó con una servilleta húmeda.

 

            A continuación se colgó su bolso y sujetando el llavero con la boca, salió de casa de la mano de los dos. Ella era la que estaba más nerviosa de los tres en el que iba a ser el primer día, no sabía como reaccionarían ellos en esta nueva etapa  de la vida que hoy comenzaban. Se dirigieron hacia el coche que estaba a la puerta de la casa y los sentó a los dos detrás, colocándoles el cinturón de seguridad. Raúl no paraba de hablar mientras Beatriz permanecía sonrientemente silenciosa.

 

            Al detenerse frente a la puerta del colegio, Raúl le dio un beso a Beatriz y un abrazo muy fuerte a ella, los ojos llorosos del pequeño resistieron, él decía que los hombres no lloran y mirando atrás de vez en cuando marchó, con paso dubitativo y de la mano de su joven maestra, hacia el interior. Ella le echó una mirada empapada en ternura mientras su hijo se alejaba en su primer día de colegio. Arrancó y diez minutos después se detuvo de nuevo ante un edificio de paredes lisas y amplios ventanales. Sacó con cierta dificultad a Beatriz que la miraba con ojos de verla sin reconocerla. Esta vez el abrazo fuerte partió de ella y una joven que salió del edificio cogió por el brazo a Beatriz y acompasándose a su paso entraron muy muy lentamente en el centro de día de enfermos de Alzheimer.

 

            Ella, subió al coche de nuevo y se dirigió a su trabajo. Intentó sonreír, pero cuando recordó treinta y cinco años antes la mirada amorosa de Beatriz cuando la despidió a ella en la puerta del colegio, no pudo evitar que sus ojos estallaran en lágrimas.