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              Esta mañana, al salir a la calle, las primeras luces del día arrancaban hermosos destellos a las calles solitarias. El cielo azuleado con tonos brillantes apenas tenía unos tiras deshilachadas de nubes blancas. Es el primer día, en muchas semanas, donde una brisa alegre acaricia esos trozos de mi piel que están al aire y cuyos vellos se erizan como si saludaran agradecidos a esa sensación de frescor. La luz hermosea el ambiente y no sé por qué en una extraña asociación de ideas, la comparo con esas doncellas núbiles que eran cautivadas por los cantos de los trovadores del medievo.

 

            El verano adolece de puro viejo, aunque no está dispuesto a diluirse sin dar alguna que otra sacudida todavía, la naturaleza va preparándose a dormitar en los brazos de la nueva estación que está a punto de iniciarse. Sí, decididamente, me encantan las mañanas de preotoño, como la de hoy.