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            Hace ya muchos años, cuando el franquismo ya agonizaba antes que Franco, estudiaba un adolescente, al que bien conozco en un colegio religioso de una capital de provincias. Contra lo que pudiera parecer aquel adolescente encontró en el ambiente de aquel colegio y en sus religiosos, una preocupación progresista y social que no era habitual en la sociedad que le rodeaba. Entre las actividades que realizaba su curso estaba la redacción de una revista de esas que se hacían a ciclostil, nunca supe que era eso, y con clichés en una multicopista; las noticias eran variadas. En una de ellas salía un artículo firmado por un religioso hablando del entonces Desfile de la Victoria que todos los años presidía Franco y decía que no estaba bien ese título donde se conmemoraba la victoria de unos españoles sobre otros y que debería transformarse, más bien, en un desfile de las fuerzas armadas.

 

            En cuanto aquella revista salió de las paredes del colegio, se convirtió en un escándalo que sacudió los cimientos de la ciudad. Cartas al director del periódico en protesta por aquel osado artículo y una citación por la que tuvieron que pasar a declarar por el juzgado el religioso autor del artículo y el director de la revista, ¡un compañero de ese adolescente de quince años! Como era de prever, aquello no llegó más lejos de un…¡cuidadito con lo que escribís!, pero hoy después de ver ayer por la televisión el desfile de las fuerzas armadas, no puedo dejar de acordarme de aquel religioso visionario y de aquellos otros que nos enseñaron a ir atisbando los colores de la vida en un mundo que era aún en blanco y negro.