Los días de fiesta local, como el de hoy, tienen un aroma especial, en mi pueblo todo se paraliza. Todos los comercios están cerrados, el silencio de las calles sólo son rotas por el ruido de las suelas de los escasos paseantes y hasta los pájaros parecen enmudecer. Es extraña esa sensación de reloj detenido, cuando a sólo a unos escasos kilómetros el ajetreo laboral bulle como en un día normal. De hecho la mayoría de los  centros comerciales y pueblos de alrededor están llenos de mis convecinos que huyen de lo que para ellos supone un pesado silencio.

     Hay otro grupo que ven el día como un regalo para realizar, con desusado sosiego, aquello que en los demás días no pueden hacer. Ya no sólo hablo de todos aquellos con los que me topé esta mañana paseando junto al mar en esa lucha cotidiana del andurrear contra el colesterol, sino algunos, mucho más coloristas, aprovecharon la mañana para dar capotazos en rojo sangre sobre la arena, pensando ¿quién lo sabe? en un más o menos cercano triunfo en otra arena distinta.