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         Nos decía un profesor de Filosofía, que la idea de la muerte siempre la tenemos presente, pero que, sin embargo, no siempre estábamos pensando en ellas. Sin duda, que esto sería agotador y algo desquiciante. Sin embargo, hay momentos en el año, como estos días, en que la muerte en algunas de sus formas se inocula más en nuestra cotidianeidad.

            Dos tradiciones perviven a este respecto, por un lado esa tradicional visita al cementerio a adecentar las lápidas de nuestros difuntos y poner unas flores de precios prohibitivos y por otro, esa especie de tétrico carnaval de calabazas y calaveras que exportado de  tierras americanas cada día, tiene más aceptación entre los jóvenes. Esto segundo me parece una invento un tanto absurdo, en cuanto a la visita al cementerio, voy alguna vez, pero nunca en esta época de atascos de los pasillos entre lápidas y desde luego con el respeto que puedo tener a los restos de mis seres queridos, sé que de ellos queda bien poco ahí y no creo que haya que darle lustre a la piedra que tapona ese hueco. A mí no me gustaría que mis restos quedaran en ningún sitio, que se incineraran y volaran al viento. Que quien quiera recordarme no necesite de viejos huesos carcomidos por los años, sino por lo que durante mi vida haya podido dejar en ellos.

            En relación con este mismo tema, el otro día en mi trabajo me ocurrió una cosa curiosa. Después de solucionarle un problema a una señora, me confiesa que hace unos días pasaron un verdadero sofocón en su casa, porque alguien les había comentado que yo me había muerto. La señora me comentaba esto sonriente y me decía que había pensado:

-¿Quién me va a solucionar a partir de ahora estos problemas que este hombre me resuelve tan estupendamente?