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      Me citaste en una playa lejana, costándome trabajo llegar hasta allí, era una cala solitaria en las que las olas espumeaban  la orilla. Siempre me gusta llegar con tiempo suficiente a las citas y tendiéndome en la toalla me dejé acariciar por el sol disponiéndome a esperarte. La brisa jugueteaba con los granos de arena que formaban remolinos en torno a mis pies. A lo lejos escuché tu voz, que me llamaba. Al volver la cabeza me sorprendí gratamente al contemplarte, totalmente desprovista de ropa, mientras te acercabas.

       Era la primera vez que veía tu cuerpo desnudo y quedé admirado con aquellas curvas ampulosas que se volvían sobre tí misma trazando unas líneas, que me parecieron, marcadamente sensuales. Destacaban tus pechos que con oscilaciones disimétricas caldeaban el aire a su alrededor. Tus pies hoyaban la arena y dejaban tras de ti el reguero de tu camino. No sabía cual era el motivo de aquella cita y el aroma de tu proximidad no hizo sino aumentar mis dudas. 

        Me miraste con ojos límpidos mientras extendías tus manos hacia las mías, de pronto una ráfaga de viento agitó tu melena rizada, que al bambolearse con el aire dejó al descubierto algo que llevabas prendido sobre tu cabellera: ¡un lazo azul! Ahora lo comprendí todo. Te conozco bastante bien y sé lo especial que eres para muchas cosas, nunca das un regalo sin coronarlo con un lazo. En esta ocasión, aunque estuvieras desprovista de todo, si habías decidido, en ese momento, "regalarme" tu cuerpo, no podía faltar el lazo azul.