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     Tassie es una chica de familia campesina que se traslada a una ciudad para estudiar en la Universidad. Allí encuentra un trabajo como canguro de una niña negra que acaban de adoptar unos padres blancos. La historia no es la que parece y a medida que avanzan las páginas nos damos cuenta de que la historia radica en el interior de Tassie y en esa visión tan sorprendente como deliciosa que va dando a ese mundo que la envuelve. Los personajes aparecen como deshilachados, si es que un personaje puede considerarse formado por hilos, pasan por su vida como los acontecimientos, desapareciendo, pero volviendo una y otra vez como esos impulsos del subconsciente que no podemos controlar.

  Es imposible no dejarse seducir por el personaje de Tassie, esta veinteañera, creada por la escritora norteamericana Lorrie Moore y que en un monólogo tan variado como sorprendente nos va narrando esta novela. El color de su mirada destella más que el espectro de colores del arco iris  y nos permite ver más allá de esas cosas habituales que, un espectador normal, captaría. Impresionan esas descripciones tan pormenorizadas y vivas de la naturaleza que si cerramos los ojos nos pemiten escuchar el vaivén de las ramas al ser agitadas por el viento o el trino de los pájaros. Una de esas novelas que nos permite reconciliarnos con la literatura.

     "Tenía la sensación de que en casa todos, y me incluía a mi misma, éramos como personajes de un cuento tenebroso y espeluznante, cada uno de un cuento distinto. Todos éramos personajes grotescos, pero pertenecíamos a narrativas distintas, y por eso nuestras interacciones eran extrañas y sin sentido, como ocurría con los personajes de una obra de Tennessee Williams, con sus respectivas intervenciones locas y anodinas, y a la vez sobrecogedoras. Sólo Mary-Emma parecía immune, normal, como si no fuera parte de la obra, pese a que lo era, y a que sin duda tenía sus soliloquios, y los tendría más adelante en la vida. ¿Cómo no?".