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         Nunca me gustó durante los años de juventud que pasé en  Cádiz, que me llevaran a comprar al mercado. Donde más disfrutaba, era fuera de sus muros: aquellos puestos de tebeos viejos y el olor vivo del puesto de churros de “la guapa”. Entrar en aquel viejo edificio, a donde siempre iba obligado, no me hacía ninguna gracia. Aquel bullicio de señoras y carros de compra, sin control, por aquellos pasillos, me resultaba agobiante. Y eso que había cosas que me llamaban la atención, como aquella carnicera de pechos gigantes que no paraban de sorprenderme, mientras nos despachaba la manteca colorá, el aspecto siempre grato a la vista de los puestos,  tan brillantes, de fruta o aquel olor de los puestos de pescado que siempre me hacía entrar con la nariz tapada mientras recorría, a paso rápido, aquellos pasillos.

 

            Ayer aprovechando que tuve unas horas por la mañana, visité el nuevo mercado, abierto la semana pasada tras largos meses de reforma. Y ahora sí que me gustó pasear por aquellos soportales reformados, con todo perfectamente colocado y entre la curiosidad de los numerosos viandantes que expectantes recorrían con su mirada todo aquel espectáculo novedoso. Lo que más me gustó es el poder pasear por la zona de pescadería sin tener que taparme la nariz entre las sonrisas estáticas de los marrajos y las patas agitadas de las galeras que se amontonaban vivas dentro de las cajas. Lo que menos me gustó la imposibilidad de que me acompañaran aquellos pasos que antiguamente me obligaban a entrar por aquellos rincones.  Al salir un suculento olor a churros llegó hasta mi nariz….