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                   Un día más se sentó ante el ordenador, con sus hombros desnudos sintiendo la caricia suave de su melena rubia, con sus dedos finos de uñas recortadas dispuestos a construir palabras y, sobre todo, con esa mirada expectante con la que se contemplaba cada tarde la pantalla, a través de las volutas caprichosas del té con limón. Curiosa y con el corazón habitualmente en un brete se acercaba a aquellas letras, que imaginaba de caligrafía fuerte si estuvieran escrito sobre el papel, que le iban desnudando la atractiva personalidad de Ramón. Era una sensación inusual las que aquellas letras le causaban, por un lado le atraían y seducían, por otro le inquietaban y preocupaban., aunque siempre contaba las horas para que llegara ese rato vespertino, en que deseosa y expectante se ponía a leerlo.

           Le gustaba aquel diálogo entre corazones en el que ella empezó abriéndose con la levedad del ser, pero que a través del paso de los días había ido abriendo ante aquel hombre desconocido las más hondas de sus entretelas. Era el hombre perfecto, muy diferente de aquellos con los que la vida parecía haberle obligado a tratar. Siempre tenía la palabra adecuada para hacerla gozar, cuando no ese piropo acertado que le hacía escalar su autoestima hasta extremos inusitados. Había tomado la costumbre, cual madrastra de Blancanieves, terminar todos los días su misiva  virtual con la misma pregunta: ¿Quién es la mujer más hermosa del mundo?

           “Tú, mi reina” y después seguía comentando el argumento del día, sobre el que ella había iniciado el día anterior en un diálogo rico y vivo. Hablaban de lo divino y de lo humano y ella se dejaba seducir por sus palabras. Ella amante de la escritura disfrutaba  excitadamente con aquel intercambio epistolar, hasta aquel día…

            “Tú estás bien, sin embargo las hay mejores”, aquello era presentimiento de tempestad y las letras que siguieron, esta vez eran diferentes, ahondaban en sus debilidades femeninas y se regodeaba en ellas. Ella intentó defenderse en la respuesta, pero el correo de vuelta era aún más duro. Llegó un momento que se le hizo insoportable que alguien se cebara así en ella y aquella actitud tornó en tal desesperación que un día, tras una frase especialmente hiriente abrió la ventana y se lanzó al vacío del espacio y de su vida.

             Nadie se preocupó de que aquellas cartas ya no llegaran, porque aquella escritora había intentado el más difícil todavía, como un jugador de ajedrez que juega contra sí misma, ella se escribía su propio chateo, pero lo más peligroso fue cuando intentó experimentar ahondando en sus defectos. ¡No pudo resistir que alguien conociera tanto sus zonas oscuras como las conocía ella.!