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            Entras como tantas veces lo haces y por eso no le das importancia al hecho de atravesar esa puerta. Los tacones repiquetean sobre el suelo y, erguido en ellos, ascienden tus piernas torneadas en el aire hasta coronarse en tus nalgas, que se embuten, exquisitas en la tela ceñida de tu falda roja. Tu blusa descuidadamente abierta descubre tu más hermosa pareja de ondulaciones. Piensas en ti, esculcas en tu interior, y la soledad lacerante, que te acompañó durante toda la mañana, te hiere tan intensamente que parece agitar tu cuerpo. Una agitación que te pasa inadvertida porque se acompasa con el suelo que ahora empieza a temblar bajo tus pies. No sólo el suelo, ahora también el movimiento se transmite a las paredes. Cierras los ojos como para querer olvidar todo. Te apetecería tanto no estar sola en este momento…pero lo peor que tiene la compañía es que no siempre se eligen las ocasiones de disfrutarla. Te sientes engullida en las vibraciones que se producen a tu alrededor y, como pidiendo seguridad, te agarras con fuerza a la carpeta que tienes entre tus manos. No eres capaz de calcular los minutos que transcurren en esta agitación. Tienes el tiempo justo de atusarte el pelo cuando, al fin, se detiene y se abre la puerta del ascensor. Al salir a la calle, agradeces la ráfaga de aire helado que maquilla tu gesto.