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     Hace muchos años, incluso antes de conocerlo, me fijé en aquel individuo con el que todos los días coincidía en un viaje a las seis media de la mañana en un autobús que rompía la oscuridad de las carreteras con sus focos. Alto y de aspecto adusto y circunspecto, con una barba cuidada y de porte elegante, cargaba con una bolsa donde le suponía el equipaje para unos días de ausencia por un trabajo que, entonces, yo desconocía. Mi situación laboral cambió y  dejé de subir en aquel autobús y de verlo, hasta que, al cabo de los años, volví a verlo con motivo de mi trabajo. 

        De vez en cuando coincidíamos.  Cogió confianza conmigo y acudía de vez en cuando a que le solucionara algunos de sus asuntos.  Aquella habitualidad me hizo conocerlo mejor, sobre todo cuando empezaba a hablar de temas familiares y me contaba de los trabajos de sus hijos y de cómo iban labrándose camino en la vida. Y detrás de aquel gesto serio que lo caracterizaba, descubrí en ocasiones una leve sonrisa que lograba esbozar bajo su bigote. Hacía tiempo que no nos veíamos, pero hace mes y medio nos saludamos en la consulta del médico, lo encontré extremadamente delgado...

Llegamos a apreciarnos, por eso esta mañana no pude evitar ,que cuando tuve en mis manos su certificado de defunción, un leve temblor recorriera todo mi cuerpo.