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             Volvía a casa a mediodía del viernes, con una mezcla de agotamiento y felicidad, la semana había sido dura, pero provechosa y el cansancio acumulado durante los cinco días la hacía apetecible el descanso del fin de semana. La envolvía una cierta euforia, había logrado culminar dos importantes proyectos que tenía entre manos y había sido calurosamente felicitada por su jefe, quien la auguró un pronto ascenso. Se sentía, alzada en su recién estrenado cuarenta y cinco años, en un estupendo momento de su vida, a gusto consigo misma y con lo que hacía. Los clientes siempre preferían que ella les atendiera su capacidad organizativa y templada les hacía sentirse cómodos. Y se sentía admirada y querida por sus compañeros, en alguno de los cuales, ella se daba cuenta, despertaba algo más que admiración en alguno y algo más que envidia en alguna..

     El movimiento del ascensor la despertó de su ensimismamiento y se dio cuenta que era el momento de ir desnudándose de aquel disfraz y mutarse en aquel otro que, cada vez, le iba pesando más. El beso leve como el aire de su marido estuvo acompañado del “ya era hora” que estaba muerto de hambre… Tardó poco en desastrar su imagen y meterse en el ambiente onírico de los humos de la cocina. Su hijo adolescente con gesto malencarado le dijo que estaba harto de aquellas comidas que hacía y masculló continuamente hasta el momento del postre. Recogió toda la cocina y después puso el lavado, tras lo cual retomó el coser unas cortinas que le quedaron pendientes del fin de semana anterior, mientras el ruido de la televisión de su marido y la música de su hijo, pugnaban por vencerse mutuamente en el aire. Preparó la cena y cenaron, ahora en atmósfera silenciosa, su hijo se había ido y volvería “cuando le diera la gana” como claramente le indicó. Se sentó en el sofá y cuando despertó escuchó los ronquidos de su marido desde la cama.

            El sábado y el domingo no mejoraron mucho aquel panorama vivido entre sus ropas desaliñadas de marmota, su no parar en casa, su preparación del trabajo de la semana y su soledad acrecentada en la ausencia de cariño y caricias. Por eso no fue extraño que, durante la ducha del domingo por la noche, mientras el agua resbalaba por su cuerpo desnudo, sus lágrimas brotaran confundiéndose con los chorros de la ducha y con voz encogida, como quien dice sus últimas palabras, musitara en un par de ocasiones: ¡menos mal que mañana es lunes!