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     Mi color preferido siempre ha sido el verde. Me parece un color elegante y tierno a la vez. Me gusta el verde que pende de las ramas de los árboles y ese otro verde que alfombrea los campos. Me gusta el agua de mar cuando verdea o esa luz del semáforo que sana la impaciencia dejando paso libre. Me producen cierta inquietud nerviosa la mirada de unos ojos verdes o imaginarme unos alienígenas de ese color. Me emboba el brillo de las esmeraldas, aunque sólo lo vi en foto y me asombra la variedad de verdes que salpican la naturaleza. 

      Con esas apetencias por el verde, ¿cómo no me iba a detener a fotografiar esos tiernos brotes verdes que surgen del tronco del árbol, dándole esa chispa alegre a su seriedad grisácea?