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        Su aspecto era seco y taciturno, por fuera y por dentro, en ello influía, sin duda, que a pesar de haber entrado en la cuarentena, nunca había sido tocado por flecha alguna de Cupido. Las hojas del calendario caían siempre de idéntica manera haciendo que sus días, a lo largo del año, sólo se distinguieran unos de otros por la cantidad de ropa con la que se abrigaba. Pero hasta la piedra más seca es capaz de hacer florecer una minúscula semilla y así fue como una mañana, probablemente de primavera, nuestro protagonista se dio cuenta de que se había enamorado.

            Lo notó al mirarse al espejo, sus habituales arrugas le parecían tamizadas y la curvatura de sus labios en un gesto, casi olvidado, emitía una sonrisa. Mirose el interior y se dio cuenta, efectivamente, de que el amor había anidado con sutiles fuerzas en lo más profundo de su corazón.  Y ahora amanecía de distinta manera, cada día era como un pequeño milagro, cada gesto un deseo de compartir y no se dormía cada noche sin dar un intenso suspiro. Era consciente de que aquello que le pasaba, de que ese cariño que le brotaba de dentro por todos sus poros era lo más hermoso que nunca le había ocurrido.

     Acostumbrado a su vida gris, tanta felicidad le parecía imposible y a pesar de que la sociedad era ahora más permisiva, empezó a dudar si ese amor que sentía por él sería bien comprendido. Dudaba y se dolía con ello, de que cualquier tipo de amor pudiera tener criticas o siquiera límites. Decidió escribirle una carta en la que compartirle lo que sentía, cogió una hoja en blanco y solazó en ella sus sentimientos, hasta el punto de tener que secarla a la ventana, empapada por las lágrimas que derramó mientras escribía. Con paso, entre vacilante y saltarín, se dirigió al buzón de correos, por el que introdujo la carta que se deslizó despacio hacia el interior.

            Siguió viviendo, ahora, entre fantasías y realidad con cierta alegría reprimida. Esperando, sumido en incertidumbre, a un cartero que nunca llegaba. Al fin, un día, al abrir el buzón el corazón le dio un vuelco. Sacó agarrada entre sus dedos, de aquella estrechez oscura, la carta y nervioso rasgó aquel sobre del que salieron a ráfagas letras sentidas en una letra que bien conocía. Tras leerla, de sus ojos cayeron dos gruesos lagrimones mientras decidía que no le importaba que criticaran su enamoramiento… después de conocer tanta gente había concluido que no había nadie mejor ni más maravilloso, ni a quien pudiera conocer mejor, que sí mismo. Dejó su ropa cuidadosamente sobre la silla y acostándose en su cama, totalmente desnudo, se acurrucó feliz, sobre sí, y se quedó dulcemente dormido.