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         Todas las ciudades tienen esos rincones en las que sus muros parecen destilar placidez. Son calles de muchedumbres ausentes y coches huídos, por las que los únicos turistas que pasean son los extraviados y en la que se oyen los trinos de los pájaros desde lo alto de árboles invisibles. Tras los visillos de sus cierros, atisban ojos de colores desconocidos que miran hacia esos caminantes que transitan con unos pasos, que le acompañan, de ásperos sonidos que chocan contra las paredes. Los adoquines rugosos alfombrean sonrientemente los suelos. De sus casapuertas oscuras escapan al aire una mezcla de los olores de los pucheros con los de la humedad reinante.

                 Son calles, en que rotan despacio las ruedas de los carritos de la compra y se pasean a perros bostezantes, difíciles de descubrir, más que para los que tienen intuición afilada o sensibilidad desarrollada., en ellas los minutos se alargan hasta extremos insondables y, cuando se llega al final de la misma, da la impresión de haber atravesado el túnel del tiempo. Mientras se pasea por ellas ¡qué buena ocasión para hacer brotar esos sueños ilusionados que tan escondidamente nos acompañan cada día!