20100314135101-cimg3979.jpg

       A estas alturas del calendario y en estas latitudes, ya es difícil que vuelvan fríos tan intensos como los que ha hecho y por eso va siendo hora de guardar alguna pieza de abrigo como mi gorro de lana. Este gorro es de esas prendas que me han acompañado constantemente durante largo tiempo, más de treinta años. Aún existe la tienda de deportes donde lo compré, pensando que iniciaba mis estudios universitarios 600 km más al norte de donde yo vivía y había escuchado que  por allí era posible, como así ocurrió, pocos meses después, que conociera la nieve. 

 

       El color verde y blanco, no era casual, estaba elaborándose la Constitución y con ello empezaba a hablarse del estado de las autonomías, cada una enarbolaba como signo diferencial su bandera, y los colores de la bandera andaluza se decidieron que fueran el blanco y el verde. Me gustaba llevar sobre la cabeza en mis devenires por tierras castellanas ese signo de distinción en una ciudad donde, entonces, éramos muy pocos los andaluces. En aquellos fríos paseos a la Facultad, a temperaturas gélidas, me lo ponía encasquetado en mi cabeza y escondiendo dentro mis orejas que, a pesar de todo, parecían llegar estiradas por el frío.

 

Por aquí ya es muy raro que me lo ponga, no hace tanto frío, pero sin embargo en alguno de esos días en que hasta la respiración ha parecido helarse, lo he sacado del armario y sin importarme el aspecto más o menos ridículo del borlón blanco agitado por el viento, me digo con Luis de Góngora. "Ándeme yo caliente y ríase la gente..."