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         Llevaban ya conviviendo, hoy hacía tres años,  y en ninguna de aquellas 1095 noches, que en su desesperación traducía a 94.608.000 segundos ya transcurridos, ella había hecho por acercarse a él para vestirlo de mimos o ataviar su cuerpo en besos. Su desesperación iba creciendo por momentos, pero qué podía esperar, como le decía un buen amigo de atildado bigote y orejas en soplillo, si ella había rechazado a tan buenos pretendientes para quedarse con él, por la única razón de que por las noches lo que hacía era “dormir y callar”.  Y además, añadió, todos sabían de ella, como en un secreto a voces, que era una ratita muy presumida.