20100411125410-supermercado.jpg

      Junto a mi trabajo, desde hacía años, había un gran supermercado en el que yo aprovechaba muchos días al terminar la jornada para comprar esas cosas de última hora que siempre faltan en una casa. Era cómodo tenerlo ahí, por eso me entristeció cuando me enteré que, por motivos estratégicos, la empresa lo iba a trasladar. Y así lo hicieron hace un mes, el supermercado, como si fuera un templo egipcio que se traslada piedra a piedra, y todo su personal se desplazaron a otra  localidad distante 25 kilómetros y dejando, en cierto sentido, huérfano al barrio.

      Ahora da una cierta pena el pasar junto a aquel local, en otro tiempo vivo, y hoy cerrado con papeles grises, pegados en los cristales, como queriendo disimular la actual desnudez del local. Ayer sábado, como tenía tiempo, me fui a hacer la compra a esa otra población y de paso conocer al nuevo supermercado. Y fue, cuando me di cuenta que, a veces estrechamos nexos entre las personas que nos pasan inadvertidos. Mi relación con los trabajadores había sido de simple cliente, pero todos me saludaban sonrientes al descubrir a aquel antiguo cliente al que ya conocían. Lo que más me llamó la atención fue, al cruzarme con un pasillo con el encargado que llevaba dos garrafones de aceite,  y al reconocerme se detuvo y dejando uno en el suelo, me saludó estrechándome la mano muy afectuosamente. Y es que en nuestra vida cotidiana vamos dejando más nexos y rastros, entre los que nos rodean, de los que podríamos sospechar.