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         Quizás si él hubiera preguntado a los de su alrededor le habrían advertido que no le convenía aquella relación con ella, pero por si acaso se abstuvo de preguntarlo. Desde que a ella la vio a ella se sintió prendado por su peculiar belleza, le encandiló aquel tono azabache de su piel, e incluso aquella mancha roja que en ella resaltaba con una especial donosura. La atracción se fue convirtiendo en irresistible, tanto, que concluyó que era algo netamente genético lo que le atraía tan sexualmente de ella.

            No le costaba darse cuenta de que a ella no le resultaba nada indiferente y que también se sentía fascinada por él. Se acercaron mutuamente y, sin decirse una sola palabra, los gestos lo decían todo, sus cuerpos se fusionaron tan igual o tan diferentemente de cómo se hacía desde los albores de la historia. Disfrutó de aquel momento como si fuera el último de su vida.

Cuando su cuerpo terminó de agitarse, sintió, casi inadvertidamente, como los quelíceros de ella se hincaron sobre su piel y fueron inoculando su veneno en el interior de su cuerpo. Su vista se le fue nublando y sus ocho patas se quedaron sin fuerzas, ahora fue cuando entendió por qué a aquella atractiva araña le llamaban la Viuda Negra.