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Hoy he estado sacando cosas, primero las chanclas de goma del armario envueltas en ese polvo invisible de los meses y segundo mis piernas blancas de los pantalones para brindarlas a la mirada del sol. Crema bronceadora que poco a poco va cubriendo toda esa piel que expongo al aire, una butaca de playa y un libro que leído bajo un cielo azul parece contar la historia de otra manera.

                Ha sido el primer día de playa. La piel parece desprenderse de esa pátina grisácea a la que le condenó el crudo invierno, que hemos tenido este año y empieza a abrirse a las distintas sensaciones que me van envolviendo. La brisa me inunda por entero en caricias sedosas que me hacen sentir a gusto. El rumor de las olas va sosegando hasta los últimos ápices de nerviosismo. El calor me embriaga en sensaciones placenteras. Mientras mi mirada, distraída de vez en cuando, de las páginas del libro se posan unas veces dejando mecerse por las ondas marinas, otras siguiendo las huellas de la gente que va caminando por la orilla sin un destino concreto. No es extraño que todo ese cúmulo de impresiones azuce a las musas que también andan perezosas y sean capaces de crear en mi cabeza variadas historias. Todo lo que me rodea me ayuda a tener unos instantes de felicidad.

                ¿Todo? Bueno, casi todo…porque en un determinado momento y columpiadas en el viento de levante, multitud de mariquitas hicieron su entrada en la playa y harto de sacudirme aquellos objetos voladores e identificados, cogí mis aperos y me vine para casa.