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     Estamos en la semana de feria. Y durante semanas la ciudad está siendo estrangulada por la feria, que se pone en el paseo principal, dividiéndola en dos. El paseo acaba lleno de boquetes en los que se colocan grandes postes para colgar los farolillos y las flores plantadas en la primavera acaban sucumbiendo a los pisotones y a los vasos de plástico que le caen encima. Algunas calles, a medida que se acerca esta semana, se van haciendo más estrechas, se colocan casetas y al final son cortadas y abducidas de la circulación urbana. Se hace imposible circular en coche, porque todo el mundo lo hace por los pocos caminos que quedan disponibles y no digamos la búsqueda de aparcamientos, donde se pueden encontrar coches aparcados en los sitios más inverosímiles, sin que nadie se meta con ello.

   La feria avanza hacia casi la orilla del mar, desde aquí se puede ver al fondo los cacharros de la misma. Siempre nos quedará darle la espalda y mirar hacia el mar o lo que cada vez hace más gente, aprovechando los días de vacaciones el ir a conocer tierras diferentes. Al fin y al cabo suele salir más barato el aprovechar una oferta hotelera que pasar unos días en la vorágine de la feria.