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        He tenido la oportunidad de viajar varios cientos de kilómetros y ver esos paisajes y escenas diferentes que ayudan a mantener viva, eso tan importante como mi capacidad de asombro. Y he conocido tierras almerienses. He navegado entre esos inmensos mares de plástico que forman sus invernaderos y cuyos distintos matices blancos y grises compiten con el mar azul desde cuya superficie lanza destellos los rayos de sol.

             Mis pies han recorrido las estrechas calles del casco antiguo de la capital, siguiendo el laberinto que conduce a la Alcazaba. Las piedras me hablaron de historia y de siglos y de las muchas culturas que han visto crecer dentro y fuera de sus murallas. Y desde lo alto he jugado a mirar las cosas a la distancia de un pájaro, relajar la vista en el horizonte y deslizarla entre esas callejuelas que desde la altura parecen simples rajas abiertas entre casas desordenadas y al fondo, siempre presidiendo cualquier paisaje, la inmensidad del mar.

             Estuve en el desierto de Tabernas y me reencontré con  aquel paisaje que me había hecho soñar en aquellas películas del oeste de mi juventud. Eran películas diferentes a las del oeste americano, en estas el malo no lo era tanto y el bueno tenía sus defectos. Por unas horas aquellos viejos cow-boys cobraron vida delante de mí.

            Y además, tuve tiempo de disfrutar de un hotel en el que era fácil, aparte de bañarme, el soñar y el leer en la piscina. De hecho me leí un libro de cuatrocientas páginas. Me gusta observar a la gente con las que coincido en el hotel de sitios lejanos y tan diferentes. Observo a los camareros diligentes, intentando averiguar qué pensarán sobre eso de trabajar, algunos se repetían desde la mañana a la noche, mientras los demás descansan. Una gran mayoría de los huéspedes alojados eran trabajadores de unos conocidos grandes almacenes, que había abierto una tienda en las proximidades la semana anterior y era curioso verlos, sin que te quisieran vender nada, ornando el comedor con  los llamativos uniformes femeninos de vivos colores y con unos pantalones negros, que competían unos con otros, en estilizar armoniosamente las piernas. Junto al hotel, la playa con una arena que se convierten en una verdadera tortura para los pies, tan diferente de la arena blanca de aquí que los masajea con hasta cierta ternura. Aquí no hay océano, sino un mar igual de azul, pero perezoso en mareas.

             En definitiva, satisfecho, porque siempre se aprende algo cuando te empapas de un mundo diferente al habitual.