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   Me gustan estos días de junio en que las tardes me permiten acercarme hasta la playa y regodearme en el disfrute silencioso y vivo de la lectura de un libro. La temperatura es agradable aún el sol no caldea  como en verano y la piel se dejan acariciar por estos rayos trémulos que tan quedamente desperezan a la melanina de la piel. La playa casi desierta no está invadida, todavía, como lo estará en pocos días, por las sombrillas multicolores de nativos y foráneos y el molesto murmullo de la muchedumbre. El rumor de las olas, a modo de sonoro silencio,  invita al sosiego y a dejar que la mirada, posada tenuemente sobre las líneas, avive la mente, azuce a la imaginación y dispare los sueños hasta más allá de las estrellas.