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    Siempre me han impresionado de Madrid sus museos y me ha gustado visitarlo. Recuerdo de mi primer viaje a Madrid, cuando tenía 6 años, la visita al museo del Prado y del dolor de pies que me entró, recorriendo aquellos largos pasillos que nunca parecían terminar. ¿Quién me iba a decir que años después, cuando vivía allí, lo iba a conocer de maravillas, usándolo como cálido refugio en aquellos inviernos en que vivía en un piso sin calefacción?

    Esta vez la visita fue al Museo Thyssen en el Paseo del Prado y en el que nunca había estado. Me sorprendió gratamente la colección, muchos cuadros de conocidos pintores, que está situada en un Palacio de Villahermosa modélicamente restaurado.

    Disfruté mientras paseaba, como hago en todos los museos, fijándome no sólo en los cuadros sino en todo aquel entorno que me rodeaba: en las paredes color cazuela en la que pendían los cuadros, en el eco sonoro de las salas solitarias del sonido de mis zapatos asíncronos, en las distintas miradas de los que me cruzaba (aburridas, expectantes, asombradas, despistadas...). La visión de algunos cuadros la oteé como hace una mosca que pasa veloz frente a ellos, otros me detuve en detalles que me llamaron la atención y algún otro, aprovechando los cómodos bancos que agradecían mis riñones, los contemplaba entre embelesado y sosegadamente.  Me fijé en los vigilantes de la sala, siempre he pensado que es un trabajo de observador que daría para una larga novela que se podía desarrollar durante años en los pocos metros que ocupan la sala.

     Pasé por la tienda de recuerdos, raudo y veloz porque no se me suele antojar eso que llaman recuerdos, para eso tengo mi memoria. Terminé mi paseo deseoso de escribir algunas ideas que se me habían ocurrido, tal vez era el esqueleto de este post y me senté en una de las mesas de la cafetería que tiene en la planta baja. Había sobre la mesa un extraño aparato, con pinta de cenicero, que al parecer apretando un botón aparecía un camarero, aunque para evitar situación ridícula acudí al clásico: por favor puede venir? Escribí mientras bebía esta Coca-Cola de la foto. Cuando me trajeron la cuenta, examiné la botella, le di vueltas del derecho y del revés, intentando descubrir en ella una firma, que no veía, de algún famoso escultor. Pero no, era una clásica botella de la famosa marca. Entonces, ¿cómo es posible que tuviera que pagar por ella 2,85 €?