20100630200648-sonando.jpg

        Puedo aguantar mucho tiempo sin comer, pero no consigo que pase un día sin avivar y disfrutar de mis sueños. El soñar es un aderezo imprescindible en nuestra vida y un contrapunto a una cotidianeidad que muchas veces se nos muestra con una complicación y una dureza inmutable.  Los sueños, a su vez, tienen que ir cargados de un cierto realismo utópico que nos permita distinguir los que son posibles de los sueños imposibles. No hay duda de que los más maravillosos son los imposibles, aquellos que sabes que nunca alcanzarás, por mucho esfuerzo que pongas en ellos. Y que en cuanto les acercas tus manos se disuelven entre tus dedos. Aunque el ser consciente de ello no debe desanimarnos para que dejemos de soñarlos.

          El esfuerzo y la habilidad que ejercitamos en los sueños imposibles, orientan nuestra capacidad de soñar y, muchas veces, nos conduce hasta los sueños impensables. Esos sueños que nunca se nos hubiera ocurrido ni imaginarnos y que, sin embargo, cuando los conseguimos, como un regalo imprevisible, son muchos más maravillosos que el mejor de los sueños imposibles.

          Y esto no me lo ha dicho nadie, simplemente me lo ha enseñado la experiencia de la vida.