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     Contra lo que suele ser habitual, no es el verano la época en la que más leo. Me resulta más sencillo durante la rutina laboral del curso, encontrar ese rato, tan necesario como sosegante, para introducirme en la lectura de un libro. Raramente suelo leer sentado en un sillón. Si el libro es para trabajar prefiero hacerlo sentado frente a una mesa y con la mano derecha armada con un bolígrafo y si es para leer hay una hora durante el día en que me gusta especialmente. Es la hora de Vísperas, ese momento en que la luz declinante del sol deviene en trémula y el duro esfuerzo del día parece sosegarse y volverse sobre sí mismo. Desciendo la persiana de mi dormitorio a media altura y dejo que el sol juguetee con las rendijas, mientras me tiendo en la cama y saboreo el descanso horizontal en mis piernas. Alzo mi cabeza con una almohada, me pongo las gafas de cerca y abriendo el libro dejo que mis ojos persigan sus líneas, casi amorosamente, hasta que la luz natural se ausenta y los primeros sonidos de la noche murmullean al otro lado de la ventana. Me levanto, entonces, con esas nuevas fuerzas que dan las letras, dispuesto a dar ese último impulso a lo que queda de día, antes de dejarme vencer por el cansancio de toda la jornada.