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    Leo Leike recibe, por error, mensajes de una desconocida llamada Emmi y le responde. Casi sin darse cuenta se va estableciendo un diálogo entre ellos, que de lo superficial va progresando a lo íntimo. Aquellos correos electrónicos del otro que van llegando al buzón de entrada se van convirtiendo en una verdadera necesidad, fruto de una peculiar e intensa relación que se va estableciendo entre ellos y en que se plantean por un lado la necesidad de conocerse personalmente y, por otro, si ese conocimiento no va a destruir esa imagen única que se han hecho del otro.

            Escrita con un novedoso género literario, el de los correos electrónicos,  con reminiscencias al género epistolar pero con sus peculiaridades, Daniel Glattauer consigue atrapar hábilmente la atención del lector, que va participando de esa creciente intriga que se establece con el mero uso de las palabras y sin otras ayudas externas en una relación como pueden ser la mirada o la cercanía. Cuando se termina el libro nos quedamos con ganas de más y así nos anuncia la continuación que se llama “Cada siete olas”, aún no publicada.

            “Quiero confesarte que  hacía tiempo que no intercambiaba sentimientos con nadie con tanta intensidad como contigo. Yo soy la primera en asombrarme de que sea posible hacerlo de este modo. En los mensajes que te escribo puedo ser más que nunca la verdadera Emmi. En la “vida real”, si quieres que las cosas salgan bien, si quieres resistir, debes pactar continuamente con tu emotividad: ante TAL COSA no puedo reaccionar de forma exagerada, TAL OTRA tengo que aceptarla, respecto a TAL OTRA debo hacer la vista gorda. Uno adapta sus sentimientos al entorno sin  descanso, es indulgente con quienes ama, asume cientos de pequeños roles cotidianos, hace equilibrios, compensa, sopesa para no poner en peligro toda la estructura, pues uno mismo forma parte de ella.

  Contigo, querido Leo, no tengo miedo de ser tan espontánea como lo soy en lo más íntimo del alma.”