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      Observo que algunos de los de mi generación se dedican a narrar con la perspectiva de haber formado parte de la movida madrileña, como un timbre de honor similar al que la generación anterior señalaba cuando decían que habían estado en Paris en mayo del 68. Pues no quiero ser menos y sí, yo también estuve en la movida madrileña ya que del 84 al 88 estuve viviendo en Madrid. Estuve en alguna actuación de la orquesta Mondragón, acudí alguna que otra vez al barrio de Malasaña y escuché hablar y acudí al entierro de Tierno Galván.

            Pero una cosa era eso y otra muy diferente la vida cotidiana, que tenía sus puntos de dureza pero que en esos años jóvenes no son difíciles de aguantar. Compartía piso con dos compañeros en el barrio de Salamanca, externamente una maravilla, pero dentro era otro cantar. Era un tercer piso sin ascensor al que se accedía a través de una vieja y oscura escalera pedregosa. El piso estaba reformado pero a nadie se le había ocurrido ponerle calefacción lo que en invierno hacía que no fuera necesario ni meter los alimentos en el frigorífico. No era extraño que en los días de invierno me fuera a pasear por Galerías Preciados, que estaba muy cerca o visitar las salas del museo del Prado, entonces era gratis, con tal de absorber un poco de calorías. El salón tenía un sofá que, gracias a la pared de atrás, impedía que la parte de atrás se fuera para abajo. Y la televisión en blanco y negro, sólo era capaz de sintonizar un canal, el día en que no había interferencias.        

            Los fines de semana era lo que pasaba más angustiosamente. Mis compañeros se iban a pasarlo a sus pueblos respectivos y  yo ni por dinero, ni por distancia, podía recorrer los 600 km que me separaban de mi casa, porque en aquellos trenes expresos de trayecto de doce horas, cuando llegaba ya me tenía que volver. Yo, aparte de trabajar, me dedicaba a opositar, con lo que me pasaba el día en total silencio y sumergido en apuntes y libros de legislación. Algunas tardes me iba a un cine estudio, que no estaba lejos, y donde por un precio económico llegaba a ver hasta tres películas seguidas. Lógicamente, después de 6 horas viendo películas salía de la sala con una sensación similar a la que debe experimentar un marciano que acaba de descender de un platillo volante tras un viaje interestelar. Luego paseaba por esas calles del barrio de Salamanca, atestadas a esas horas y siempre me sorprendía, mientras me fijaba en la cara de la gente, como cruzándome con tantas personas, muchas más de las que pudiera ver en mi ciudad, nunca me cruzaba con nadie conocido. El paseo vespertino acababa en un bar donde los sábados me regalaba una cerveza con una exquisita tortilla jamonera, hasta que un día aquel ritual se interrumpió porque los dueños cerraron el bar por culpa de un premio gordo de la lotería que les tocó. 

        No lejos, a media hora andando, había un VIPS, en aquella época algo novedoso y lo que era más novedoso era que llegándote el sábado a las doce de la noche por él, cosa que hacía porque no tenía nada mejor que hacer a aquellas horas, me llegaba a comprar EL PAÍS, del domingo. Cuando llegaba a casa, me acostaba y dejaba el periódico en la mesa de noche, así cuando amanecía el domingo leía las noticias en la cama como si el repartidor me las hubiera dejado aquella noche.