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      Siempre me recuerdo, desde que era un niño, con un libro entre las manos. Primero fueron los tebeos de todo tipo y luego Julio Verne, Karl May y la obra completa de Agatha Christie que me distrajo  durante el tedio de un verano adolescente. Este apego a los libros de lectura fue sustituido durante los años de universidad, por mi inclinación hacia los libros de estudios plagados de fórmulas y bastante escasos de letras, para dar paso posteriormente a otros libros, durante mi época de opositor, cargado de artículos legislativos.

            Posteriormente, ya más regalado de tiempo retorné a la lectura, primero con un acercamiento leve que fue incrementándose a medida que pasaba el tiempo. Llegado ese momento que la saturación de letras me obligó a soltarlas desde dentro de mi inspiración y a través de mis dedos. Hoy considero a las letras como unas viejas amigas que no sólo me entretienen, sino que me cuestionan y despiertan mis emociones. Actualmente siempre tengo algún libro entre manos y en ocasiones hasta dos o tres y el observar las tablas de mi librería cargada de libros de temas y tamaños variopintos, me hace sentirme en un ambiente acogedor. Hay momentos en que paso apresuradamente por su lado y al detener mi vista en los lomos, tan diferentes, de los libro es como si las horas que disfruté entre sus páginas aparecieran en un soplo como una caricia al espíritu y prometiéndome vividas y renovadas emociones si volviera a tomarlos entre mis manos.