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      El concierto asíncrono de las gotas de lluvia me despertó desde el otro lado del cristal. Me sentí a gusto, con mi cabeza apoyada en la almohada y no teniendo que levantarme para ir a trabajar. Y aquel traqueteo acuoso ayudó, durante un buen rato, a volar mi imaginación sobre esos paisajes oníricos en los que nos permitimos flotar sin necesidad de la gravedad que nos impone la cotidianeidad.

      Miré a la calle solitaria con la luz atenuada de la mañana y seguí con mi mirada el curso de las aguas desde las nubes negras hasta esos canales de agua que fluían arrebujados hacia los desagües. El viento azotaba a las palmeras, que permanecían estáticas en el suelo, pero cuyas ramas se doblaban semejando hacer reverencias sin orden. Un paraguas roto se veía especialmente solitario junto a una esquina. Me sentí a gusto no teniendo que salir a la calle y aquella oscuridad se transformó en pereza que se empeñaba en retornarme hacia la cama. Resistí la tentación y preferí sentarme junto a la ventana y mientras el clin-clin de las gotas en los cristales me acompañaba, me puse a escribir estas letras.