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        (Dibujo de elbúcaro)

A lo largo de nuestro camino diario por la vida, muchos objetos se van adhiriendo a él. Unos son frutos de un bonito recuerdo, lo guardamos en un cajón y cuando alguna vez lo tenemos entre las manos evocamos el aroma de ese recuerdo. Otros son frutos de la edad como las pastillas de la tensión, la funda de las gafas présbitas o esa cajita donde guardamos los últimos pelos que cayeron de nuestra cabeza. Al fin, otros están continuamente a nuestro lado, su uso forma parte de nuestra vida cotidiana y nos sentiríamos casi desnudos sin ellos.

            A mí me ocurre eso, entre otras cosas, con mi bolígrafo negro. Siempre me acompaña y se me hace imprescindible. A los trece años me gustó el contraste entre las tintas roja y negra en los apuntes de Física y Química y desde entonces dejé de escribir con el color azul. Algunos años después empecé a dibujar y aquel bolígrafo se deslizaba por el papel blanco arrancando dibujos y caricaturas de cosas tan diferentes como mis amores o mis profesores. Muchos más años después la escritura me guiñó un ojo y desde entonces el bolígrafo negro también se dedica a ensartar frases y a aterrizar ideas y ficciones sobre esta nívea pista de aterrizaje que es el papel.

            Cuando estoy en algún lugar esperando, nunca me aburro. Saco ese bolígrafo del bolsillo y buscando cualquier papel a mano, dibujo monigotes o escribo esas palabras que  tal vez sean el germen de la que pueden ser mi gran obra literaria.