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       Un libro escrito en el año 2000 por el reciente premio Nobel de literatura, Mario Vargas llosa, y que hacía tiempo tenía ganas de leer. Nos cuenta la historia del dictador dominicano Leónidas Trujillo que gobernó con mano férrea y caprichosa, desde 1930 a 1961, la República Dominicana, hasta su asesinato por un grupo de opositores al régimen.

            La novela nos presenta a Urania una mujer soltera de 49 años que vuelve a su país, tras muchos años en Estados Unidos donde ha llegado a ser una importante abogada. Vuelve a Santo Domingo después de 35 años en que se ausentó y va a ver a su padre que ya no la reconoce y a aquellos lugares tan conocidos de su infancia en los que guarda un doloroso secreto.

        Por otro lado se nos presenta al dictador con sus caprichos y ese dominio absoluto que tuvo sobre la gente, que se jugaban la vida si se oponían a él, y todo el país. Aparecen toda una serie de personajes y personajillos históricos en torno a él y que se esfuerzan con sus actitudes serviles en caerle bien.

            Y en un tercer hilo narrativo salen aquellos que ya no aguantaron más y decidieron acabar con la vida del dictador, apareciendo sus historias, lo que les ha llevado a esta situación y la preparación instantes antes de matarlo. 

            Estas historias se van entrecruzando hábilmente, pasando de una a otra sin sobresaltos y haciendo que antes de pasar a la siguiente nos quedemos con las ganas de saber qué ocurrirá. Es imposible no tomarle cariño al personaje de Urania, en este fresco histórico un personaje de ficción, que se mueve en contradicciones, dolores y nostalgias y en que finalmente se nos revelará la razón de todo ello.

          Un escritor que hoy está de plena actualidad y que ayer leyó un discurso en Estocolmo que me parece digno de leer. Me han gustado muchas de sus ideas, pero he entresacado dos de ellas: 

“La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.” 

“Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.”