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            Hay aromas de ausencia en la estación de autobuses, de algunos encuentros pero muchos más adioses, de rincones imbuidos de promesas incumplidas, de efluvios disueltos en el aire, de abrazos que quieren impregnarse del otro y de besos tan apasionados como desesperados.

            Figuras ociosas sobre los sillones de espera, que distraen sus miradas entre el reloj y la nada, acompañadas de maletas y bolsas de distintos formas y colores. Cuando el autobús llega atrae bullicio a su alrededor. Los escalones de la puerta soportan los pies que reviven tras horas estáticos. Los maleteros se abren, las bolsas salen del maletero arrastradas por brazos que van desarrugándose tras tantos kilómetros. Otras entran amontonadas y empujadas hacia dentro como si alimentaran las tripas del autobús.

            Rostros que llegan con cara de no querer haber venido y otros en los que se dibuja la alegría producida por quien les espera. Primeros holas y últimos besos, la puerta cierra y algunos miran hacia fuera como si los hubieran hecho prisioneros. Siempre sale marcha atrás y en pocos minutos aquel andén se tornará tan solitario como un cementerio de madrugada. Una última mirada, antes de que desaparezca de mi vista y por primera vez he aprendido a odiar a un número: al cinco. Es el único número que me ha dado tiempo a ver en la matrícula de ese autobús en que te has marchado de mi lado…