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        Hubo una época, no muy lejana, en que las letras que se intercambiaban entre dos personas carecían de esas urgencias y prisas que hoy las caracteriza. Aquellas letras tenían un valor que hoy no imaginamos, porque estaban más artesanamente elaboradas y por ello eran más escasas. A la primigenia decisión de escribir seguía un largo y complejo ritual. Había que sentarse frente al papel en blanco, mejor uno satinado que ayudara a deslizar el instrumento usado para escribir. El instrumento…generalmente yo usaba mi bolígrafo negro, aunque otras veces me gustaba escribir con pluma. Esa punta estilizada que, antes de que aparecieran con recambios, había que rellenarlas, aprovechando la hidrostática y el teorema de Bernouilli, directamente desde el tintero, escapándose siempre alguna mancha de tinta en el papel o por sus alrededores y que muchas veces se escapaba de las manos cayendo de punta al suelo y volviéndose inservible.

     Ya preparado y buscado un rincón y un momento tranquilo era cuando fluían instantáneamente las ideas desde la cabeza y el corazón al mismo tiempo y llegaban a la punta del bolígrafo para plasmarse en ordenadas, que no siempre rectas, líneas sobre el papel. Y mientras las palabras fluyen  los ojos se iluminan o  se enturbian y los labios se sonríen o fruncen. El tiempo huye, hasta que en un determinado momento se ponía el punto y final, tras una estudiada despedida (pongo besos, todo mi cariño, un fuerte abrazo o un simple saludo?), se rubricaba abajo con una firma estudiada y en la que se quería concretar de florida manera, quien era el que había escrito aquella misiva.

      A continuación había que disponer de sobre, y tras varios dobleces conseguía colar todas mis ideas en su interior. El sobre había que acicalarlo con aquella dirección a la que quisiéramos volar en vez de nuestras letras y pegarle, de manera tan poco higiénica a como cerrábamos el sobre, encima un sello de un valor que equivaldría hoy a céntimos. El siguiente paso era llegarme al buzón de correo más cercano. Aún quedan algunos de color amarillo de los que entonces eran de un triste color gris. Yo prefería meterla en las fauces abiertas del león, que de manera fiera me miraba enganchado en la fachada del edificio de Correos. Debo confesar que siempre metía la mano con cierto reparo y miraba atrás, por si en una situación imposible aquel león hubiera vomitado mi carta hacia fuera.

         Siempre me quedaba la duda de si aquella carta llegaría o, más bien, se perdería en aquellos vaivenes apretada con otras cartas en aquellas sacas en las que viajaban y que con tan poca delicadeza se trataban para lo que llevaban en su interior. Y luego venía lo peor…la espera de la contestación en que, por medio de las letras ajenas, percibíamos como reaccionaba a nuestras palabras.  Esta espera era, en general, una verdadera agonía. Pasados los días en que calculaba que la carta podría tardar  en ir y volver, cada día acudía expectante al buzón de mi casa, cuando oía alejarse los pasos del cartero, en el que habitualmente solía encontrar sólo telarañas. Porque de las cartas que enviaba, la mayoría detenían su camino en las manos de a quien se dirigía, las menos con un ritual similar pero de sentido contrario volvían en forma de respuestas más o menos larga, hasta llegar a mis manos.

         Cuando me llegaba uno de estos sobres con mi nombre gratamente escrito, me iba a un rincón tranquilo, lo abría con sumo cuidado y liberaba aquella hoja de su encerramiento para abrirla a la contemplación de mi mirada y disfrutaba acariciando el papel con la yema de mis dedos. Teniendo en cuenta que tan pocas de aquellas cartas me llegaban, no es extraño que las conserve todavía con un valor sentimental al valor histórico de unos viejos papiros.