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     Cada mañana, aún de noche cerrada, al salir de casa con los últimos restos de sueño aún adheridos a mi cuerpo, deambulo por las calles solitarias camino de mi trabajo. Siempre me llama la atención a esas horas la solidaridad madrugadora de los escasos paseantes, que hace que al cruzarnos con alguien aunque sea desconocido, se intercambien unos espontáneos “buenos días”. Saludos de tonos muy diferentes: desde ese afable acompañado de un leve movimiento de cabeza, a ese otro que se adivina tras un semigruñido o incluso ese saludo doble del “buenos días, buenos días” que me dirige un senegalés mientras la blancura de su sonrisa destella en la penumbra de la calle.

            Así ese cotidiano itinerario se convierte en una ruta de buenos días hasta que entro en el interior del edificio donde trabajo. Cuando vuelvo a salir a la calle, un par de horas más tarde ya dejaron de brotar esos espontáneos saludos y yo me pregunto ¿en qué momento exacto del día se transforma en una simple calle esa ruta matinal de los buenos días?