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...tras ocho días en las garras de una gripe, al fin comienzo, poco a poco, a sentirme mejor. Todo empezó el viernes 4 de febrero que noté cómo en el trabajo me parecía flotar en una situación de ingravidez nada habitual, hasta que me tuve que venir para casa. Me desplomé sobre la cama, sin saber muy bien lo que me estaba ocurriendo, y un dolor acompañado de escalofríos, fue tomando creciente posiciones a todo lo largo y ancho de mi cuerpo. A partir de entonces perdí la noción del tiempo y las ganas de todo, perdí el hambre y hasta las ganas de escribir. Me dolía  todo y mi cuerpo se perdía entre las sábanas, donde se acumulaba un variado número de mantas en creciente desorganización. La altura de la montaña de mantas iba modificándose acorde con el desequilibrado termostato de mi cuerpo, y que hacía que frente a esos ratos en que a cada pie con dos calcetines gordos bajo cuatro mantas no hubiera forma de hacerlo entrar en calor y ese otro rato que el sofoco provocaba que me sobrara cualquier atisbo de manta. Y lo que pensaba que durante el fin de semana se resolvería, el lunes por la mañana estaba mucho peor y porque me llevaron al médico, que me dio la baja, que si no difícilmente soy capaz de llegar hasta la consulta.

        Tras volver a casa, pensando que el hecho de ir a la consulta sería inicio de recuperación, recuperé esa horizontalidad que era donde me encontraba menos mal y continué poniéndome peor.  Aparte de ese dolor extendido, la nariz se convirtió en fábrica de mucosidades que con dificultad encontraban salida y la garganta empezó a producir agrestes e insistentes toses. Me aburría, pero es que no tenía fuerzas para hacer nada, ni siquiera hablaba porque mi voz se convirtió en inentiligible. Un libro, que cogí para esos ratos de sentirme mejor, se quedó cerrado sobre el colchón. Pasaba las horas con los ojos abiertos, mirando, sin ver, a una pared blanca que me acabé aprendiendo de memoria. Y las noches eran de puro delirio, en el peor sentido de la expresión, y extraños sueños tomaban formas de retorcidas pesadillas, que permanecían incluso estando despierto.

        Al fin, a partir del quinto día percibí que, al menos, no estaba peor y lentamente inicié la recuperación. Me di cuenta que cuando andaba era capaz de andar recto, algún rato leía, aunque los trastornos y las toses me siguen acompañando hasta la actualidad. Al mirar atrás esos días aparecen en mi calendario como con números en blanco. Algo he aprendido de todo esto: ¡el año que viene me vacuno contra la gripe!