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       Bajé del autobús con mi maleta atestada de apuntes ante aquel edificio majestuoso en el que me iba a pasar el próximo mes. Estaba en las afueras de una capital castellana, rodeado de campos alfombrados donde se alternaban los trigos somnolientos con alfalfa juguetona. Durante las mañanas asistía a un curso de filosofía, en el que mi mente se resistía evadiéndose a mayor altura que las nubes. En las tardes, tras un rato de siesta reposada en una vieja pero cómoda cama de tubos,  me sumergía en los apuntes intentando asimilar los más profundos rudimentos de las síntesis de los compuestos orgánicos. Me ayudaba de rotuladores Edding, con los que pretendía alegrar la monotonía de aquellos compuestos carbonados. A las ocho de la tarde hacía un receso en el estudio y me iba a pasear por los caminos abiertos entre los cultivos, raramente me encontraba a nadie y dejaba acompañar mis pasos por dos viejas amigas: la soledad y la nostalgia. 

            Había gente allí, pero la soledad celosa como nunca, no les dejaba acercarse. En cuanto a la nostalgia, azuzada por la brisa vespertina, ocupaba su tiempo entre echar de menos la playa de mi tierra sureña tan diferente a este paisaje mesetario y el recuerdo de mis aulas universitarias a las que yo sólo volvería para examinarme de aquellas tres asignaturas que quedaban para finalizar mis estudios. Al finalizar el día disfrutaba del goce que produce esos colores con que el sol dibujaba el cielo y por un momento me esforzaba en vivir el presente y olvidar de los problemas que me atosigaban. Después de la cena encendía un flexo metálico cabizbajo que inundaba de luz amarilla mi mesa. Las gotas de sudor resbalaban por mi piel. La madrugada iba cobrando formas en mi reloj, yo rellenaba hojas de fórmulas químicas a los sones enlatados de la música emitida por un viejo transistor. Antes de dormirme, abría la ventana y miraba a la luna, escuchaba los sonidos tan nuevos para mí del campo e incluso me parecía escuchar las olas. Cerraba la ventana, me subía en la silla y con una chancla me dedicaba a matar contra la pared a aquellos mosquitos que se colaban. Luego, me dormía y hasta el día siguiente.

            Una tarde, ya harto de estudiar, cogí en mis manos el lápiz y empecé a hacerme este autorretrato, que casi treinta años después sigue conservando en sus líneas el recuerdo de mi último verano de estudiante.