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   Ayer me tropecé por la calle con una antigua compañera de un taller literario, a quien no veía desde hacía varios años. Después de interesarnos por nuestras mutuas vidas, preguntamos al otro si seguía escribiendo. Ella me dijo que ya no escribía y a mí me resonó extraño, que alguien con quien compartía el interés por las letras, se le hubieran deshinchado de tal manera.

   Yo le dije que seguía escribiendo y por un instante me sentí triste de pensar que podía dejar de hacerlo. La compañía de las letras durante tantos años ha hecho que se me conviertan en indispensables. Es como si ellas hubieran tomado aspecto humano. Y así, las palabras se desperezan dentro de mí, toman mil formas inimaginables, me narran historias y dan cuerpo a mi imaginación. Me hablan silenciosamente,me seducen y me atraen irremisiblemente. Y cuando en alguna época piensan que me olvido de ellas sus celos me oprimen y me obligan a acercame a ellas, para curarlas, desparramándolas mimosa y ordenadamente sobre el papel en blanco.