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       La ruptura de un matrimonio supone siempre una crisis en los miembros de la pareja, que les zarandea hasta en lo más profundo, pero a pesar de intuir eso Ela toma la decisión de separarse de su marido Amnón.  Así comienza esta historia escrita por la autora hebrea, con un nombre de complicada pronunciación, Tsruyá  Shalev.  Traducida del hebreo por Ana María Bejarano, consigue dotar al lenguaje de la protagonista de una capacidad absorbente que va envolviendo y arrastrando en su lectura.

       Ela está totalmente decidida a separarse, prefiere vivir sola que vivir en esa soledad acompañada en la que ella siente que se ha convertido su vida, aunque pronto se dará cuenta de que no es tan sencillo como creía.  Un hijo de seis años les une y eso complicará su decisión en muchos aspectos. La gente de su alrededor no comprenden su decisión y harán lo posible para que rectifique, pero ella lo tiene muy claro…o al menos eso es lo que pensaba, porque pronto se dará cuenta que hasta ideas que tenía muy clara se confunden y su decisión camina hacia delante y hacia atrás contagiada por las circunstancias externas y por la lucha interior que va viviendo.

      Escrita en primera persona, con frases largas cuya extensión se hace necesaria para que no se pierda la lluvia constante de sus pensamientos, podemos atisbar en lo más profundo de Ela, nos solidarizamos con sus dudas y preocupaciones que son universales y al final concluimos que en ninguno de los posibles caminos encontramos las decisivas respuestas para nuestra felicidad.

     “Pues imagínate que te estoy besando, dice, ¿podrás?, mira el poder que llega a tener lo que no se produce, y yo me sorprendo, ¿pero por qué me lo tengo que imaginar si estás aquí a mi lado?, y dice, porque yo así lo quiero, de manera que cierro los ojos, el dedo de él resbala por mis labios, con restos de la dulce bebida, lo mismo que se humedecen con vino los labios del bebé en el momento de la circuncisión, y cuando intento acariciarle la cara él me toma las manos y me las pone en el sofá, despacio, susurra, tenemos muchísimo tiempo, más de lo que crees, me gusta hacerlo todo a mi manera, no siguiendo una receta, ¿lo recuerdas?, sus labios se acercan a los míos, revolotean por encima de ellos para enseguida apartarse dejándome en una dulce tensión, mis manos apresadas en su mano en un gesto de renuncia asombroso, ¿por qué lo estará retrasando tanto?, ya no somos unos niños, con la de veces que habremos besado y que habremos sido besados, pero de pronto parece que así es como debe ser exactamente como en este momento, porque nos hemos precipitado demasiado en la vida dejándonos llevar por el deseo para apagarlo con jadeos demasiado vulgares, así que cuando al fín posa sus labios sobre los míos me parece que nunca antes he sido besada, porque es como si mis labios me hubieran sido arrancados de la cara y ahora fueran un miembro suyo más, no soy yo la que los mueve sino un mecanismo ajeno que no se encuentra bajo mi mando”.