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        El otro día tras leer uno de tus correos electrónicos me vinieron a la memoria, como una ráfaga, tus viejas cartas. Desde aquella etapa, en la que vivíamos sumidos en muchas ilusiones y pocas preocupaciones, han transcurrido ya varias decenas de años. Compartíamos durante el curso las aulas universitarias y llegadas las vacaciones nos separábamos muchos kilómetros y yo, desde mi rincón del sur de aire con sabor a sal, te echaba mucho de menos.

            Durante aquel verano me pasaba todo el día y parte de la noche, sumergido en mis apuntes y resolviendo complicadas ecuaciones diferenciales, que hoy me sonarían a chino. Había dos momentos del día en que detenía aquella jerigonza matemática para asomarme a un balcón que pendía de la fachada de mi casa. Estaba situado en lo alto de una escalera, tenía barrotes verdes y un barandal blanco de madera en el que descansaba mis codos, tenía vistas a una calle tan estrecha que los edificios de uno y otro lado parecían darse la mano.

            Uno de aquellos momentos de sosiego era durante la noche, cuando cerraba las carpetas a las dos de la mañana, en aquel silencio con olor a verano me llegaba hasta el balcón con un paquete de Ducados que tenía, que me duraba  más de un mes, y encendía un cigarro, mientras acariciaba el contraste de aquella chispas luminosas con el negro del cielo tachonado de estrellas. Me relajaba, tras aquellas horas de estudio, viendo como las volutas ascendían en formas caprichosas e intentando que ellas me dibujaran los recuerdos nostálgicos de nuestras alegres vivencias de unos meses antes.

            El otro momento de ocio era a las doce y media de la mañana, la hora en que solía pasar el cartero. El balcón era el mismo, pero ahora con la gran luminosidad y calor del mediodía de agosto. La calle mucha más viva con el ajetreo de los paseantes y mi corazón ansioso en cuanto veía aparecer aquella figura menuda con aquella inmensa cartera saturada de cartas. Intentaba usar mis fuerzas mentales, que habitualmente fallaban, para que una de aquellas cartas fuera tuya. Los nervios crecían a medida que se iba acercando a la vertical de mi balcón y se desplomaban en cuanto pasaba de largo para entrar en el portal de al lado. Pero alguno de aquellos días aquellos poderes mentales fueron efectivos y esta vez entró en el portal de mi casa. Yo bajaba corriendo las escaleras y veía sobre el patio un sobre blanco, mimetizado con el suelo de mármol, en el que aparecía mi nombre adornado por tus letras redondeadas. Sonriendo ante aquel soplo de aire fresco que rompía la monotonía de mi lánguido verano.

            Impaciente rasgaba el sobre y daba una primera lectura a las cosas que me contabas. Esa misma tarde cuando el sol declinaba y con tu carta en mi bolsillo me iba a un banco frente al mar, gustaba del tacto y del olor del papel sobre el que habías escrito y leía muy despacio saboreando y exprimiendo tus letras, mientras me parecía que tu voz, tan conocida, me iba resonando. Disfrutaba como no puedes imaginar de aquel momento.

            Aquella noche después de cenar, me la tomaba de “vacaciones”, sacaba unos folios blancos y con la mejor de mis letras empezaba a escribirte hasta que le ponía el punto final a esa hora, ya plácida, de la madrugada. Por la mañana tras el desayuno me tendría que llegar al buzón de correos...