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          Otra novela del húngaro Sándor Márai, quien con su peculiar estilo, guste más o menos, nunca me decepciona y logra atraparme. En este caso es la historia de un alto funcionario ministerial que acaba de dictar una orden trascendental que afectará al futuro de muchas personas, cuando una joven filandesa, Aino Laine,  que se parece asombrosamente a una mujer que él amó con locura y que falleció hace unos años, aparece a visitarlo. Se empieza a desarrollar una historia como si fuera una obra de teatro que se reparte en tres escenas: su despacho, la ópera a la que él la invita y la casa del funcionario a donde acuden después el resto de la noche. Toda la historia transcurre en un solo día donde las palabras irán abriendo surcos inexplorados y sorprendentes entre ellos.

            “Sus ojos de un verde grisáceo, observan con neutralidad las aves que pelean por la vida, por el alimento. El anciano les arroja migas metódicamente, cada dos minutos, con amplios desmanes, como un pescador que lanzara el sedal. Las gaviotas ya conocen la secuencia y se precipitan para coger las migas en el mismo instante, con precisión imposible. Hay otras personas que las alimentan; a unos pasos de allí, una solitaria mujer tira trozos de pan hacia los islotes del río. Los viandantes se detienen tiritando, se suben el cuello del abrigo, se apoyan en la barandilla y se entretienen mirando el drama mudo, el mendigar de las gaviotas y su temblorosa acampada sobre la corriente helada”.