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    Sucedió en una piscina, miraba yo a un cielo escandalosamente azul, cuando delante de mis ojos apareció una nube rizadamente blanca, pequeña y pizpireta. Se desplazaba, movida suavemente, por un viento que parecía querer darle volteretas. Por un instante aquella nube pareció detenerse ante el vértice de este edificio. ¿Fué cosa mía o me pareció que aquella mata blanca lanzaba, con sus ojos invisibles, guiños de enamorada? Entonces fue cuando saqué esta foto.

A continuación ocurrió algo extraño y de lo que me quedé tan sorprendido que ni siquiera se me ocurrió fotografiar. Aquella nube empezó a deshilacharse sobre sí misma en finos hilos blancos que desaparecieron en pocos instantes, hasta invisibilizarla del todo. Me terminó de convencer que había tenido un gesto postrero de amor diciéndole adiós a su esencia a la vista de aquel seductor vértice.