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          En esta narración nos acercamos a la historia real de Andrea, una periodista británica, que decide dejarlo todo para cuidar  a su suegra Nancy, enferma de principio de Alzhéimer y a su suegro Morris que está incapacitado de las piernas. La familia se traslada a una vieja casa al norte de Escocia, con un clima imposible, y allí ella ejerce esa dura e ingrata labor de cuidadora. A través de sus letras accedemos a esa doble intimidad de lo que circula por su interior y de su vida cotidiana en la que intenta acompañar a su suegra de la mejor manera posible.  Se informa sobre el Alzhéimer, entra en internet y lee libros tratando de conocer qué es lo que le está pasando a su suegra y comparte sus descubrimientos con el lector. Sus personajes se mueven en este escenario al que la enfermedad los ha constreñido y vamos siguiendo el avance o quizás en esta enfermedad, deberíamos decir, el retroceso de su evolución.

        Por estas páginas pasan las escenas de su vida cotidiana, sus reflexiones, escritas con la mejor literatura, sus pequeños avances y sus grandes dudas, su toma de decisiones y esos momentos en  que el síndrome de la depresión del cuidador le incide especialmente.  Las palabras bien hiladas se notan vivas y nos conducen por un camino de ternura a ahondar en esta enfermedad, tan oculta y, a la vez tan presente en nuestra sociedad y a la que no podemos dar la espalda.

      “He perdido totalmente la noción de dónde terminan las sensaciones de cuidar Nancy y Morris y dónde empiezan las que me produce vivir aquí. Cuanto más tiempo estamos aquí, ambas cosas, el aislamiento social que conlleva cuidarles y el hecho de que la casa esté en el quinto pino, parecen mezclarse.  La exaltada observación de Wordsworth: “Que exquisitamente la Mente individual/se adapta al mundo exterior/ y también qué exquisitamente/el mundo exterior se adapta a la Mente” suena a burla involuntaria”.